miércoles, 18 de enero de 2017

El señor de la medianoche

  Hay algo en el silencio de la noche. Algún susurro que envuelve la ciudad. No es simple quietud, ni desasosiego. Alguien está despierto. Alguien deambula por las calles, en la más absoluta oscuridad. Es la silueta de un hombre viejo, un hombre solo, destinado a esperar…


 Dicen que está loco. Sus tornillos se fueron aflojando con el paso de los años y ya nunca los volvió a acoplar. Dicen que es peligroso, que lleva un arma letal en sus bolsillos. Lo juran con gestos y promesas, pero nunca nadie lo vio matar. Escuché también que está solo, que no tiene familia y que si la tuviera, lo dejarían tal como esta.

“No se baña nunca, es un inmundo” “Vive en las alcantarillas, como una rata” “Como una no, ES una rata” “No las ofendas, al menos ellas no huelen tan mal” “Yo lo veo todos los días parado a la misma hora, en el mismo lugar. De lejos, claro, no me atrevo a acercar” “Vaya a saber uno si le quieren robar, matar o simplemente espiar.”

 Si alguno de ellos descubriera que, ese hombre loco, esa rata inmunda, los está espiando, lo golpearían hasta que le sangrará la nariz, las pupilas y el cerebro. Lo golpearían hasta matar, decían. Pero sólo suponen, porque suponer no hace daño a nadie.  Suponer es una simple forma de inventar lo que desearíamos que fuera cierto.

“Tal vez no quiera matarlos, ni espiarlos, ni sacarles nada. Tal vez, simplemente, quiera observar” les decía. Ellos se reían a grandes carcajadas, estrepitosas, porque me tildaban de ilusa e ingenua. “Ay, nena. Deja de inventar”.

Me fui con mi imaginación a otra parte, harta de escucharlos hablar y ofender a ese pobre hombre, y decidí que debía saber. 


Esperé la hora en que el sol se esconde detrás de los árboles y desaparece tras la línea del horizonte, y de una vez por todas me animé a callarles la boca. Comí deprisa, para no desperdiciar el coraje que ahora flotaba en el aire y llenaba mis pulmones; guarde un cuaderno, un lápiz y una linterna dentro de la mochila; repasé mentalmente el camino, lo que debía decir y había escuchado, y esperé.

Saqué algunas conclusiones mientras lo hacía, me dije “Son unos cobardes, si se atrevieran a escuchar, si quisieran saber la verdad, el gato les comería la lengua” “Qué digo, qué gato comería una lengua que no fuera de pez…”

 Cuando se acercó la hora de actuar agarré mi bicicleta y me puse a pedalear. Estaba nerviosa, me sudaban las manos, pero me calmé enseguida, pensando que nada se podía comparar con la tranquilidad de escribir la verdad. La podía sentir tan cerca, quería escupirla a gritos y que todos se empaparan. Quería que todos los sobrios se emborracharan de mi pasión. Que todos los vicios nos consumieran enteros y por igual, que nos desgarraran el cuerpo, pero nos limpiaran el alma.

Conducí por calles desiertas, por calles oscuras. No conocía otro camino. Me desprendí de la cordura, sabiendo que ya no la necesitaría y doblé en la esquina. Paré. Traté de divisar algo a lo lejos, alguien a quien conocía a través de los rumores y que ahora emergía frente a mí. “Es tan real” atiné a decir en voz baja.

 Estaba parado, en mitad de la calle, esperando. “Esperándome” pensé. Y sonreí. Dejé la bicicleta apoyada en el suelo y me acerqué. ¿Qué era lo que temían los demás de ese hombre solitario y viejo? ¿Qué daño podía causar acercarme a saludar?

De repente pude vislumbrar como mi propia sombra corría a toda prisa, me abandonaba en mitad de la calle, en plena oscuridad.

Y entonces, lo supe. Era la sensación que traía consigo. La ira y el peligro emanaban de su piel pálida y arrugada. Era fácil adivinar las historias que marcaban su pasado por su larga barba y su pelo canoso. Deduje que hacía años había olvidado el sabor del agua caliente y la dulzura de las pompas de jabón. 

Estaba cubierto (y digo cubierto porque su flacura no podía ser vestida por nada más que un pedazo de carne) por una camisa larga de color verde oscuro, y unos pantalones tan sucios, que no pude distinguir su color original. Su cuerpo desprendía un olor tan asqueroso, que si no fuera por mi habilidad de fingir que “Todo se encuentra en un estado de perfecto funcionamiento” hubiera escupido la cena de hacia una hora atrás.

Me acerqué lo suficiente para observarlo detenidamente y advertí que nunca nadie había descrito sus ojos. Entendí que ninguno de ellos sabía realmente de lo que hablaban y que no me correspondía contarlo. Acerqué mi cuaderno a él y le ofrecí mi lápiz. Le dije casi en voz indescifrable “Escribí”.

 De repente, sin anticiparlo, sentí una gran opresión en el pecho, unas manos que acariciaban mi cuello y apretaban con fuerza. No me importaba respirar, no luché contra mi destino. Sólo volví a repetir en vano “Escribí” y caí al suelo.

 Desperté una hora después, en medio de la calle donde me había desmayado. Me dolía la parte trasera de la cabeza y me sangraba el brazo y la pierna izquierda que habían amortiguado la caída. Traté de ponerme de pie, pero conseguí sentarme y  para mí era suficiente. Miré a un costado y luego miré hacia el otro. Nada. Estaba sola. El hombre había desaparecido, como si nunca hubiese existido, o tal vez sí, dentro de mi imaginación.

Cuando logré ponerme de pie, después de haber estado media hora tratando de recordar lo que había pasado, di media vuelta y caminé hacia delante, rengueando en dirección a la esquina, donde había dejado mi bicicleta. Tropecé con mi cuaderno (olvidé que lo había traído hasta allí) y muy despacio lo levanté. Lo abrí temiendo que el hombre hubiese hecho estragos con mis historias, que hubiese arrancado páginas enteras y se hubiese llevado consigo las mejores. Pero no fue así, me dejé llevar nuevamente por los prejuicios que venía acumulando, y muy claro, en la primera hoja de mi cuaderno (que yo había dejado en blanco por si acaso alguna vez debiera escribir la mejor de las historias), estaba escrito “Te observo”. 


“No comprendo” me dijeron cuando les conté. “Además de inventar, lo haces mal” “Si querés que te crea, mostrá pruebas, si no, rajá”. No lo había imaginado, estaba segura. Tenía las huellas de sus dedos en mi cuello, tenía la prueba escrita en mi cuaderno, pero tampoco quise entregárselos. Deseaba que pudieran ver más allá de lo que a simple vista parecía normal. Deseaba que pudieran creer, que pudieran tomar mi historia y hacerla suya, sin necesidad de una prueba más verdadera que la palabra. Ese era el dilema después de todo. Yo tampoco les había creído. Pero en algo se diferenciaba mi manera de actuar y mis pensamientos: elegí no creer en los prejuicios que había escuchado y formar un juicio propio.

 Tomé la historia de aquel hombre y la hice mía. Empecé a esparcir rumores, a comentar que aquel viejo canoso y solitario, guardaba un secreto y que me lo había contado. Que trabajaba de algo mucho más interesante que ser espía en las Fuerzas Armadas. Y que en su bolsillo, guardaba un arma mucho más peligrosa que la que le habían inventado. Y esta era la curiosidad. No robaba simples aparatos, ni pedazos de papel arrugados que figuran tener algún valor, como algunos ridículos afirmaban por ahí. Él se aseguraba de quitarte lo único que jamás pensaste que te podía faltar: el aliento. 

Pero algo de todo aquello era cierto y no tuve más remedio que callar. El hombre transformaba la quietud del silencio cuando el reloj daba la medianoche y entonces, los gatos allá fuera, se lanzaban a cazar. 

 

Entre las sombras de algún callejón oscuro y los susurros lejanos de la noche, la silueta de un hombre viejo se encuentra sola, destinada a esperar. 

…A esperar al siguiente curioso, al siguiente cobarde que se animé a decir la verdad. Pero él ya lo sabe, él ya te está observando desde algún rincón de la ciudad.    

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